La luz era tenue. Ella leía en su habitación, tumbada boca arriba y haciendo esfuerzos por no quedarse dormida. El libro no era aburrido, pero aquella postura y el cansancio acumulado no ayudaban a la concentración de Sofía.
Así que, pensando que en cualquier momento el sueño la vencería, soltó el libro y se incorporó de un impulso en su cama con el propósito de darle más vida a su día. No sabía qué hacer, hacia dónde ir o a quién visitar... pero tenía claro que salir de su casa sería la mejor opción para encontrar una nueva distracción.
Pasó por la cocina y se despidió de su madre dándole un dulce beso en la mejilla. Iba a... ¿hacer fotocopias?... sí, aquello serviría.
Cuando se encontró en la calle miró hacia la izquierda... hacia la derecha, ¿qué hacer?... en ese momento de indecisión una hoja otoñal golpeó suavemente su rostro. A lo lejos, una pareja de novios se acercaba con dificultades, pues las ganas que se tenían les impedían dar más de dos pasos sin mimarse. Sofía, a la que nunca le faltó imaginación para entretener sus horas muertas, se agachó rápidamente. Cogió aquella hoja sin vida y dispuso sus pasos en dirección a la pareja:
- Buenas tardes -dijo entorpeciendo el camino de los dos jóvenes- os cambio esta hoja por cualquier cosa que os apetezca.
Así que, pensando que en cualquier momento el sueño la vencería, soltó el libro y se incorporó de un impulso en su cama con el propósito de darle más vida a su día. No sabía qué hacer, hacia dónde ir o a quién visitar... pero tenía claro que salir de su casa sería la mejor opción para encontrar una nueva distracción.
Pasó por la cocina y se despidió de su madre dándole un dulce beso en la mejilla. Iba a... ¿hacer fotocopias?... sí, aquello serviría.
Cuando se encontró en la calle miró hacia la izquierda... hacia la derecha, ¿qué hacer?... en ese momento de indecisión una hoja otoñal golpeó suavemente su rostro. A lo lejos, una pareja de novios se acercaba con dificultades, pues las ganas que se tenían les impedían dar más de dos pasos sin mimarse. Sofía, a la que nunca le faltó imaginación para entretener sus horas muertas, se agachó rápidamente. Cogió aquella hoja sin vida y dispuso sus pasos en dirección a la pareja:
- Buenas tardes -dijo entorpeciendo el camino de los dos jóvenes- os cambio esta hoja por cualquier cosa que os apetezca.
Los dos intercambiaron miradas sorprendidas. Inmediatamente miraron la hoja y comprobaron que era una más de tantas que habían sido pisadas tras su paso en aquella avenida. Pero por alguna razón especial, esa hoja les había interrumpido su camino. La muchacha sacó inmediatamente de su bolso un lápiz y realizó sonriente aquel curioso intercambio- Gracias -dijo Sofía con un tono contundente y convencido, como si hubiese hecho el negocio de su vida.
Cruzó la calle y se dirigió hacia el parque. Allí, en un banco, observó una silueta... y hacia ella dispuso sus pasos:
-Hola, le cambio este lápiz por lo que usted me quiera ofrecer.
La mujer, bajó la revista, miró a la niña desconcertada y, tras unos segundos de incredulidad, le dio un calendario. Al agradecerle el gesto e irse, la mujer comprobó que un chico jugueteaba con su novia colocándole una hoja de un árbol en el pelo... en esto pasó la penúltima hoja de su revista y sonrió al ver que tenía un lápiz con el que realizar aquellos juegos.
Así fueron aconteciendo los curiosos intercambios: aquel calendario por una pluma, la pluma por una gomilla, la gomilla por un papel, dicho papel en blanco por el mismo dibujado... de pronto se cruzó en su camino un joven con un periódico. Ella le propuso otro intercambio y él sonriente aceptó. Arrancó la hoja que acababa de leer y le fabricó un sombrero de papel... el cual, más tarde, ella cambiaría a un viejo por otro objeto. Cuando ya iba anocheciendo ocurrió algo curioso... le ofrecieron como intercambio una fotocopia. - Creo que el juego ha terminado -pensó.
Por fin llegó a su casa. A pesar de la mirada incrédula de su madre por la tardanza, pudo demostrar que el propósito de su escapada fue hacer una fotocopia. Subió a su cuarto sonriente... había conseguido entretener su tarde. Miró por la ventana para agradecer a su barrio la participación en el juego al que sin saberlo aceptaron... y cual fue su asombro cuando, al abrir la cortina, vio a una niña con un sombrero de periódico, una muchacha que sonriente se recogía el pelo con un lápiz, un transeunte que miraba un calendario...¡el juego siguió!. El viento arrastró una hoja que vino a quedar sujeta a su cristal y mirándola atentamente pensó que, en realidad, el uso que le des a cualquier cosa la puede hacer, si cabe, aún más especial.
