... como cualquier niño de mi edad comencé a dudar. Nunca los había visto y para colmo, los compis del colegio, tan crueles como de costumbre, se encargaban de eliminar hasta la más mínima duda sobre su existencia. Así que aquel año, ni corta ni perezosa (pero algo mosqui) y para no dejarme influenciar...
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... aparté mi caligrafía y la fichita de castigo que rezaba "no debo comer chuches en clase", me coloqué la gabardina, mis gafas de sol, me remangué los puñitos, pues me estaba tremenda, cogí la linterna, ya que con las gafas no veía tres en un burro, mi lupa... y me puse a investigar:
Si papi me pedía que escribiera la carta a sus Majestades... sospechoso, si lo hacía mami... sospechosa. Si cual pajes se prestaban a acercar mi carta al Buzón Real... sospechosos. Así que aquella Navidad no hubo carta a los Reyes. Si eran Magos... acertarían mi regalo.
Llegamos a Continente y mi expresión era algo como esto "¬¬" cada vez que me preguntaban:
- Mariquilla, entonces... ¿qué le vas a pedir a los Reyes?
En un momento en el que se distrajeron... lo ví, allí estaba mi regalo, ¡era él!. Lo miré fijamente y pensé:
- Oye Reyes Magos, le quiero a ÉL :)
Y llegamos a casa. Mariquilla no había abierto la boca en todo el camino, en toda la semana... en toda la Navidad. Así que si esa mágica mañana lo que yo quería estaba allí, junto a mis zapatos... los Reyes Magos existían.
Y a partir del 6 de Enero de 1990 volví a creer:
Os presento a Kike, la cosita más tierna y abrazable del mundo.